Oración · Mateo 6

Venga tu reino

Exposición de Mateo 6:9–10 / Lucas 11:2

«Venga tu reino» no es una oración que pida únicamente un acontecimiento de un futuro lejano, sino una súplica por el gobierno de Dios que se extiende aquí y ahora. «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» expresa la razón de ser que la Iglesia debe proclamar en medio del mundo; y el Reino de Dios no avanza por conquista, sino que penetra en el mundo como la levadura y lo transforma desde dentro. En esta breve petición se condensa la teología del Reino de Dios que toda la Escritura atestigua, desde la visión de Daniel hasta la práctica de la Iglesia primitiva.

«Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Mateo 6:10 / Lucas 11:2

Contexto del pasaje

Lucas 11 explica el contexto en que fue dada esta oración: «Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar y, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11:1). Los discípulos sintieron que necesitaban una oración propia y distintiva, como la de los discípulos de Juan el Bautista, y Jesús respondió dándoles el Padrenuestro. Resulta significativo que la petición surgiera después de haber contemplado a Jesús orar: quizá lo que querían aprender no era solo una fórmula, sino la relación misma que Jesús mantenía con el Padre.

En aquel tiempo, la esperanza mesiánica judía estaba orientada principalmente hacia la restauración política. En la Palestina del siglo I, sometida al dominio romano, existían incluso movimientos como el de los zelotes, que pretendían restaurar por la fuerza el reino de David. Poco antes del nacimiento de Jesús, y también después, diversos autoproclamados mesías encabezaron levantamientos políticos que Roma terminó sofocando. En este contexto histórico, la oración «Venga tu reino» podía malinterpretarse fácilmente como una consigna política.

Sin embargo, el «reino» que Jesús enseñó no era un territorio político de esa clase. «Preguntado por los fariseos cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió: El reino de Dios no vendrá de manera visible, ni dirán: “Helo aquí” o “Helo allí”; porque el reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17:20–21). Este reino posee una naturaleza singular: ya ha llegado (already), pero todavía no ha sido consumado (not yet). Con la primera venida de Jesús, el Reino ya comenzó; su consumación, sin embargo, tendrá lugar con la segunda venida.

El pasaje del Antiguo Testamento que retrata con mayor dramatismo la expansión gradual del «Reino de Dios» es Daniel 2. En su sueño, el rey Nabucodonosor contempla una enorme estatua de oro, plata, bronce y hierro que es golpeada y derribada por una piedra «no cortada por mano humana»; después, aquella piedra se convierte en un gran monte que llena toda la tierra (Dn 2:31–35). Daniel interpreta la visión como el reino eterno que Dios establecerá después de la caída de los reinos del mundo (Dn 2:44). Los imperios levantados por manos humanas terminan desapareciendo, pero el Reino iniciado por Dios comienza pequeño y llega a llenar el mundo entero. Puede verse aquí el arquetipo veterotestamentario de las imágenes con las que Jesús enseñaría más tarde: la semilla de mostaza y la levadura.

Entre los judíos de aquella época existía una oración sinagogal llamada Kaddish, que comenzaba con palabras semejantes a estas: «Sea santificado su gran nombre y venga su reino». La primera parte del Padrenuestro enseñado por Jesús posee una estructura parecida al lenguaje de aquella oración tradicional. La diferencia decisiva, sin embargo, está en que el soberano de ese Reino no es invocado solamente como «Rey» o «Señor», sino como «Padre»: es una oración en la que el gobierno y la intimidad se sostienen al mismo tiempo.

Lengua originalSignificadoFunción en el pasaje
βασιλεία (basileia)Realeza, gobierno (no territorio)Palabra original traducida como «reino»: un concepto relacional
ζύμη (zymē)LevaduraModo penetrante en que se extiende el Reino de Dios (Mt 13:33)
ἐπί (epi)Sobre, encima deFamilia preposicional reflejada en la traducción inglesa «on earth»
ἐν (en)En, dentro deMatiz de penetración subrayado por «in earth» en la KJV
ἐλθέτω (elthétō)Que venga (imperativo de tercera persona singular)Muestra que la llegada del Reino es una acción soberana de Dios

Exposición

Este breve versículo contiene seis grandes líneas de sentido: el significado mismo de la palabra «reino»; el modo de expansión sugerido por los matices de la traducción; el contraste con la expectativa mesiánica política de la época; el orden de las dos grandes premisas, el nombre y el Reino; la relación entre el Reino de Dios y la Iglesia; y, finalmente, el desafío que todo ello presenta a una comunidad de fe que celebra su 28.º aniversario. Examinemos cada línea. Aunque son distintas, todas convergen en una sola pregunta: ¿qué significa realmente hoy el gobierno de Dios en mi vida y en nuestra comunidad?

1. El significado de «reino» (βασιλεία): no territorio, sino gobierno

La palabra griega basileia (βασιλεία) se acerca más al concepto relacional de «realeza» o «gobierno» que a la idea espacial de un territorio. «Venga tu reino» no es una oración para ocupar una región determinada, sino una súplica que reconoce a Dios como Rey y pide que su gobierno se haga realidad en todos los ámbitos de la vida. Es un gobierno que comienza en el corazón de la persona (Lc 17:21) y se extiende a la familia, la Iglesia y la sociedad.

También en el Antiguo Testamento Dios aparece como el verdadero Rey de Israel. Cuando el pueblo pidió un rey humano en 1 Samuel 8, Dios dijo a Samuel: «No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos» (1 S 8:7). «Venga tu reino» es una oración que devuelve a Dios aquel antiguo conflicto: ¿aceptaremos el gobierno de Dios o levantaremos el gobierno humano?

Retrocediendo aún más, en el monte Sinaí Dios declaró a Israel: «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19:6). Desde el principio, Israel no fue llamado a ser un imperio político, sino un «reino de sacerdotes» que mostrara al mundo el gobierno de Dios. Sin embargo, el caos de la época de los jueces y el posterior fracaso de la monarquía revelan cuán fácilmente esa vocación puede corromperse por el deseo humano de poder. El «reino» que Jesús volvió a proclamar es una declaración que restaura aquella vocación original: ser un pueblo que revela a Dios no por la dominación, sino por el servicio.

2. Daniel 2: de una piedra pequeña a un gran monte

El sueño de Nabucodonosor acerca de la estatua ofrece por anticipado un plano de la manera en que llega el Reino de Dios. Una piedra no cortada por mano humana —es decir, un Reino iniciado por Dios mismo, no por el esfuerzo humano ni por un proyecto político— derriba los imperios del mundo, se convierte en un gran monte y llena toda la tierra (Dn 2:44–45). Esta imagen condensa el carácter del Reino de Dios: comienza en pequeñez y crece hasta alcanzar una grandeza inmensa.

Romanos 14:17 define así el contenido real de ese Reino: «El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». La llegada del Reino no consiste en ampliar un territorio, sino en que la justicia, la paz y el gozo se propaguen, por medio del Espíritu Santo, en una persona, una comunidad y una sociedad. La piedra de Daniel aparece de repente y derriba la estatua, pero tarda en convertirse en un gran monte; del mismo modo, esta expansión por medio del Espíritu es un proceso que debe contemplarse con paciencia, no con precipitación.

3. La diferencia entre «on earth» e «in earth»

La segunda parte de este pasaje aparece como «in earth» en la KJV y como «on earth» en la mayoría de las versiones inglesas modernas, incluida la NIV. Aunque la diferencia consiste en una sola preposición, el matiz resulta sugerente. «On earth» señala algo que sucede «sobre la tierra», mientras que «in earth» puede evocar la imagen de algo que penetra «en» la tierra. Al relacionar esta diferencia con la esencia del Reino de Dios, comprendemos que el Reino no es una esfera separada y distante del mundo, sino que llega penetrando en él y produciendo transformación desde dentro.

Esto armoniza exactamente con la parábola de la levadura en Mateo 13: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado» (Mt 13:33). La levadura no permanece fuera de la masa. Entra en ella y transforma el conjunto. Así llega también el Reino de Dios: no por conquista política, sino mediante una transformación interior y orgánica.

Además, el verbo griego elthétō (ἐλθέτω), traducido como «venga», es un imperativo de tercera persona singular. No es un mandato para que nosotros fabriquemos el Reino de Dios, sino una forma de pedir que Dios haga venir su Reino. La llegada del Reino es enteramente una acción soberana de Dios, y nuestra oración es la humilde petición de quienes han sido invitados a participar en esa acción.

4. El reino de los zelotes y el Reino de Jesús

En la sociedad judía del siglo I, la expresión «Reino de Dios» poseía una enorme carga política. Los zelotes entendían la lucha armada contra Roma como una manera de «establecer el Reino de Dios», y aquella orientación desembocó finalmente en la guerra judía de los años 66–70 d. C. y en la destrucción del templo de Jerusalén. Simón, uno de los discípulos de Jesús, también era llamado «el Zelote» (Lc 6:15), lo cual sugiere la posibilidad de que en algún momento hubiera estado relacionado con ese movimiento político.

Jesús rechazó repetidamente aquellas expectativas políticas. Su declaración ante Pilato es representativa: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos» (Jn 18:36). «Venga tu reino» no es una oración que pida violencia o revolución política, sino justamente lo contrario: un gobierno que se extiende mediante la humillación propia y el servicio.

La historia da un testimonio sobrio de este contraste. La guerra judía encabezada por los zelotes entre los años 66 y 70 d. C. terminó con la destrucción total del templo de Jerusalén, y la posterior revuelta de Bar Kojba, entre 132 y 135, concluyó también en un fracaso devastador. Los dos intentos de establecer el Reino de Dios por la fuerza desembocaron en catástrofe; en cambio, el Reino iniciado por Jesús, quien murió en la cruz, se ha extendido durante los dos mil años siguientes por todo el mundo, atravesando fronteras políticas. Esta paradoja muestra de la manera más dramática la esencia del modo de expansión enseñado por «Venga tu reino».

5. El nombre y el Reino: el orden de las dos grandes premisas

Primero aparece «Santificado sea tu nombre» y después «Venga tu reino». Este orden muestra que la santidad personal y la expansión comunitaria del Reino de Dios no pueden separarse. Cuando el nombre de Dios es santificado en la vida de una persona, el gobierno de Dios se extiende a través de ella hacia quienes la rodean. Por el contrario, allí donde su nombre no es santificado, tampoco puede manifestarse el Reino.

Ezequiel 36 muestra este principio en sentido inverso. Cuando el pueblo de Israel profanó el nombre de Dios entre las naciones (Ez 36:20–23), Dios lo juzgó dispersándolo. Allí donde el nombre no fue santificado, tampoco pudo revelarse el gobierno de Dios. Las dos peticiones están unidas tanto por su orden como por su lógica.

Este orden se aplica igualmente a las comunidades de fe actuales. Cuando la Iglesia confunde la influencia social o la expansión institucional con la «expansión del Reino» y descuida la santidad del nombre de Dios, ese crecimiento no perdura. En cambio, cuando una persona o una comunidad vive mostrando con integridad el nombre de Dios, el Reino se ensancha sin estrépito, pero con certeza.

6. La relación entre el Reino de Dios y la Iglesia

El Reino de Dios y la Iglesia no son idénticos. La Iglesia es una expresión presente del Reino y desempeña un papel semejante al de una embajada, pero el Reino de Dios es un concepto más amplio y abarcador que la Iglesia. La Iglesia existe como institución y comunidad visibles; el gobierno de Dios, sin embargo, atraviesa sus muros y se dirige hacia toda la creación.

Aun así, la Iglesia es el canal más claro por el que llega este Reino. La imagen de la Iglesia primitiva narrada en Hechos —una comunidad que compartía sus bienes, cuidaba de los pobres y proclamaba el evangelio con valentía (Hch 2:44–47)— constituye un ejemplo de cómo el Reino de Dios se hace visible en la tierra. La Iglesia que ora «Venga tu reino» debe recordar siempre que ella no es el destino final del Reino, sino su canal.

Cuando se olvida esta distinción, la Iglesia puede caer fácilmente en dos errores. Uno consiste en identificar a la propia Iglesia con el Reino de Dios y convertir el crecimiento y la estabilidad institucionales en su meta final. El otro consiste, por el contrario, en minimizar el papel de la Iglesia y permanecer en una espiritualidad abstracta, sin práctica concreta en el mundo. El equilibrio bíblico está en que la Iglesia viva como una embajada fiel del Reino de Dios, recordando siempre que existe para un Reino mayor que la trasciende.

7. El 28.º aniversario y una oración que continúa

Que este mensaje fuera proclamado como tema de la Asamblea General del 28.º aniversario resulta significativo. Cuanto más tiempo ha recorrido una comunidad de fe, más fácilmente puede caer en la complacencia de pensar: «Ya hemos realizado suficientemente el Reino de Dios». Sin embargo, «Venga tu reino» no es una oración concluida, sino una petición que debe formularse de manera continua. En una realidad donde los reinos del mundo —el materialismo, las ideologías y las luchas por el poder— siguen actuando con fuerza, la Iglesia debe renovar una y otra vez, mediante esta oración, su identidad y su misión.

Veintiocho años constituyen un periodo lo bastante largo para que una generación crezca y transmita la fe a la siguiente. Sin embargo, desde la perspectiva de la expansión del Reino de Dios, esto sigue siendo apenas el comienzo. Así como la levadura necesita tiempo para fermentar las tres medidas de harina, también una comunidad requiere paciencia y perseverancia para manifestar el gobierno de Dios en el mundo. Esta oración seguirá siendo igual de urgente durante los próximos veintiocho años y para las generaciones que vengan después.

8. Una comunidad que vive entre el «ya» y el «todavía no»

La historia de la Iglesia ha luchado durante mucho tiempo con la pregunta de cuándo y cómo será consumado este Reino; las diversas posiciones escatológicas representadas por el premilenialismo, el posmilenialismo y el amilenialismo son huellas de esa reflexión. Sin embargo, cualquiera que sea la posición adoptada, permanece un hecho inmutable: el Reino de Dios ya ha comenzado, pero todavía no ha sido consumado. Vivir soportando esta tensión entre el «ya» y el «todavía no» es a la vez el destino y el privilegio de la comunidad de fe.

En su obra La ciudad de Dios, Agustín retrató la historia humana como una larga lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal. Incluso en la época turbulenta en que el Imperio romano se derrumbaba, no dudó de la victoria final del Reino de Dios. La oración que hoy elevamos —«Venga tu reino»— es igualmente una confesión de confianza inquebrantable en el Reino que finalmente se cumplirá, con independencia del caos que tengamos ante los ojos. Mientras los imperios del mundo se levantan y caen, aquella piedra no cortada por mano humana crece en silencio, pero sin detenerse.

9. Las bienaventuranzas y el Padrenuestro: la conexión entre carácter y oración

Si las bienaventuranzas de Mateo 5 proclaman el carácter de los ciudadanos del Reino de Dios, el Padrenuestro de Mateo 6 enseña qué debe pedir ese pueblo mientras vive. Solo quien ha sido formado como pobre en espíritu, manso y pacificador puede orar sinceramente «Venga tu reino»; para quien todavía conserva el deseo de edificar su propio reino, esta oración puede quedarse fácilmente en palabras pronunciadas con los labios. A la inversa, quien la eleva con sinceridad vuelve a ser moldeado por el carácter de las bienaventuranzas. Así, el carácter y la oración se hacen crecer mutuamente.

En este sentido, todo el Sermón del Monte (Mt 5–7) puede leerse como un itinerario formativo integrado. Las bienaventuranzas definen una manera de ser; el Padrenuestro proporciona el marco del diálogo diario que esa persona mantiene con Dios; y las enseñanzas posteriores acerca de los bienes, la ansiedad, las relaciones y el discernimiento (Mt 6–7) muestran la práctica concreta de esa vida. «Venga tu reino» es la oración situada en el eje central de todo este movimiento.

Aplicación

  1. Examina hoy un ámbito de tu vida preguntando: «¿Es Dios el Rey, o lo soy yo?» Considera si existe algún área —las finanzas, el tiempo o las relaciones— en la que todavía no hayas entregado el gobierno.
  2. Imagina de manera concreta una vida que penetra como la levadura. Escribe una forma en que los valores del Reino de Dios puedan extenderse «desde dentro» en tu trabajo, tu escuela o tu vecindario.
  3. Busca el gobierno de Dios antes que la política o la ideología. Examina si tu reacción ante los asuntos sociales depende, como la de los zelotes, de la fuerza y la confrontación, o si busca el camino del servicio y la humildad.
  4. Comparte regularmente esta oración con tu comunidad —la Iglesia o un grupo pequeño—. Más allá de la oración individual, el sentido original de este pasaje se acerca más a una comunidad que pide unida la expansión del Reino de Dios.
  5. Revisa los «veintiocho años» de la comunidad a la que perteneces. Sin instalarte en lo ya recorrido, planea el siguiente paso con la humildad de reconocer que todavía estás en el comienzo.
  6. No evites la tensión entre el «ya» y el «todavía no». En vez de desanimarte porque los problemas del mundo no han sido resueltos por completo, aprende a vivir como alguien que sigue sembrando con perseverancia en medio de esa tensión.

Preguntas para compartir en un grupo pequeño

  1. ¿Qué significa para mí la afirmación «El Reino de Dios está dentro de mí»?
  2. ¿En qué área de mi vida todavía no reconozco plenamente el gobierno de Dios? ¿Por qué creo que sigo aferrándome a ella?
  3. ¿Cómo puede aplicarse a la misión de la Iglesia actual la imagen del Reino de Dios que penetra como la levadura?
  4. ¿He vivido alguna experiencia en la que un problema se resolviera mediante el servicio y la humildad, en vez de la fuerza y la confrontación?
  5. ¿Qué significa concretamente que la comunidad a la que pertenezco viva en el mundo entre el «ya» y el «todavía no»?
  6. ¿Cómo se relacionan realmente en mi vida el carácter de las bienaventuranzas —mansedumbre, paz y misericordia— y la oración «Venga tu reino»?

Preguntas frecuentes

P1. ¿El Reino de Dios ya ha llegado o llegará en el futuro?

La Biblia enseña ambas dimensiones al mismo tiempo. Con la primera venida de Jesús, el Reino de Dios ya comenzó (already), pero su consumación tendrá lugar con la segunda venida de Jesús (not yet). Vivimos en medio de esta tensión, y «Venga tu reino» es la oración con la que renovamos cada día nuestra conciencia de ella. Así como la piedra de Daniel 2 necesitó un proceso para convertirse en un gran monte, también la consumación del Reino de Dios se desarrolla a lo largo de un proceso.

P2. ¿Es realmente importante teológicamente la diferencia entre «on earth» e «in earth»?

Se trata de una diferencia de matiz en la traducción; el texto original no expresa de manera explícita un doble sentido. No obstante, esta diferencia puede ayudarnos a recordar la enseñanza global de la Escritura: el Reino de Dios no está separado del mundo, sino que actúa dentro de él, como muestra, entre otros textos, la parábola de la levadura en Mateo 13.

P3. ¿Son lo mismo el Reino de Dios y la Iglesia?

No son idénticos. La Iglesia es una expresión presente del Reino de Dios y desempeña un papel semejante al de una embajada, pero el Reino de Dios es más amplio y abarcador que la Iglesia. La Iglesia es el canal, no el destino final; el gobierno de Dios atraviesa los muros de la Iglesia y se dirige hacia toda la creación.

P4. ¿Cómo puedo orar personalmente «Venga tu reino»?

Puedes comenzar presentando de manera concreta aquellos ámbitos de tu vida —hábitos, relaciones y prioridades— en los que Dios todavía no reina, y pedir que su gobierno llegue a ellos. Al mismo tiempo, conviene ampliar esta oración hacia la comunidad a la que perteneces y hacia el mundo. Como muestra el imperativo original elthétō («que venga»), no es una promesa de que yo construiré el Reino, sino una petición humilde para que Dios realice esa obra.

P5. ¿Se relaciona este pasaje con la participación política?

Esta oración no apoya ni se opone a un sistema político determinado, sino que pide el gobierno definitivo de Dios sobre todos los ámbitos. A diferencia de los zelotes del siglo I, que intentaron establecer el reino por la fuerza, Jesús mostró el camino del servicio y la humildad, y la historia reveló con claridad la diferencia entre ambos resultados. Es una oración que todos los cristianos pueden elevar juntos, más allá de sus opiniones políticas.

P6. ¿Por qué es importante para comprender el pasaje que se trate de un sermón de la Asamblea General del 28.º aniversario?

Una comunidad con una larga historia puede caer fácilmente en la complacencia de pensar que «ya lo ha realizado». Proclamado en el 28.º aniversario, este mensaje ayuda a toda la comunidad a recordar que la expansión del Reino de Dios sigue siendo una tarea en curso y que no debe acomodarse en lo ya recorrido. No es una lección aplicable únicamente a una Iglesia concreta, sino un principio válido para toda comunidad de fe y toda persona que haya caminado durante mucho tiempo.

P7. ¿Cuál es correcto: el premilenialismo, el posmilenialismo o el amilenialismo?

Este pasaje no fue dado para decidir entre sistemas escatológicos concretos. Las tres posiciones coinciden en creer en la victoria definitiva de Cristo y en la consumación del Reino de Dios; difieren en su comprensión del momento y la manera en que tendrá lugar esa consumación. La oración «Venga tu reino» sigue siendo igualmente urgente y verdadera desde cualquiera de estas perspectivas.


«Venga tu reino» no es una oración concluida, sino una súplica que debemos seguir proclamando. Cuando recordamos que el gobierno de Dios no llega mediante la conquista política, sino penetrando y creciendo como la levadura y como la pequeña piedra que Daniel contempló, podemos continuar esta oración con confianza perseverante, en vez de caer en la impaciencia o la resignación. Quien hace venir este Reino no somos nosotros, sino Dios; nosotros solo hemos sido llamados a participar humildemente en su obra. Tanto para una comunidad que ha recorrido veintiocho años como para una persona que hoy aprende por primera vez esta oración, la petición conserva la misma novedad: ¿hasta qué punto está llegando hoy el Reino de Dios a mi vida y a nuestra comunidad? El camino de búsqueda de esa respuesta es la tarea más fundamental que una comunidad de fe debe continuar de generación en generación.